Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La gatita de angora 

Había un pesado que quería que yo me quisiera un poco más. Y que más quiero yo que quererme más. Pero que pesado que era. Y cómo me aburría que me pidiera solo eso. Después me pidió que lo quisiera. Y como lo quería. Tanto, tanto lo quería, que ya no quería nada más. Nada más que eso. Solo quererlo. Nos sentábamos todas las tardes en el balcón, y él me lamía.  Las orejas, la cara, las patas, el lomo. Toda entera me lamía. Cómo me hacía ronronear. Y me dejaba humedecida. Y se iba. Hacía eso todas las tardes. Y yo lo quería y él me humedecía. Yo lo quería más y más y más quería. Y me humedecía. Pero nunca pasó de eso. Y dejé de ronronear. Me puse de mal humor. Ya no me gustaban las tardes con él. Tuve que dejar de quererlo. Ahora me quiero un poco más. Más de lo que él quería. Menos de lo que yo quisiera. Paso las tardes lamiéndome con algún otro, que me lame tan bien como aquel, que no me pide querer, que sabe que hacer con mi humedad y me hace querer más allá de querer. No piden quererlos. Solo todo el resto. Nada más que eso. Sólo quererme. Sólo no quererlos.

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Regreso fácil

Sola, oscura. No ella sino su vida, cosas que nunca fueron compatibles. Jamás obtuvo licencia para manejarse por sí misma.

Aquella tarde salió a caminar para recorrer esos lugares que en tiempos pasados le brindaron refugio y calidez. Se encontró con un mar embravecido, sordido, gris como el cielo que lo cubría. Estuvo sentada frente a él varias horas. El frío le entumeció las extremidades. Sus ojos llorosos nublaron el horizonte.

Ya no podía pensar, no podía ver.
No quiso pensarse, verse a sí misma.
Pero la realidad la abofeteó y reaccionó al sentir el mar golpeando las rocas.

Ya no entendió por qué había huido de Buenos Aires ni por qué en tiempos pasados no se había dado cuenta que ese refugio era un engaño y su calidez, falsa.

Para ese momento, sus labios estuvieron morados. Siempre había sostenido que la mejor manera de soportar el frío es estar contento con tener frío. Lo recordó y sintió alivio. En su rostro se dibujaba una mueca dura, cortante, parecía sonreír. Se dio cuenta que si bien en ese tiempo había sido feliz, ahora también lo era. Se secó los ojos solo para poder ver el camino de regreso...

Villa Gesell (1/4/2002)

© Silvana Micheletti